Como si de un pasaje bíblico se tratara, el gen APOE le revela a un arrogante hombre su frágil y efímera naturaleza.
La búsqueda de la inmortalidad es tan antigua como la humanidad. Al día de hoy 109 mil millones (109 billones en léxico anglosajón, 109.000.000.000) de humanos lo han intentado a lo largo de la historia, con un 100% de fracaso. Tampoco ha sido el caso de los árboles, peces, perros o vacas. La diferencia entre ellos y nosotros es que ellos ni lo intentaron ni se amargaron en el intento. Un porcentaje menor de esos 109 mil millones decidió no luchar contra lo natural e inexorable de la vida y la muerte, y así ser más felices disfrutando el presente.
Leía recientemente un artículo publicado en Nature, “Bioinformatic and genomic analysis identifies C allele of APOE rs7412 as the most prominent variant limiting extreme human longevity” (Satria, R.D., Sukorini, U., Lesmana, M.H.S. et al.) que me inspiró para escribir esta nota.

El artículo comienza relatando cómo personajes bíblicos antediluvianos gozaban de una longevidad extrema, Adán con 930 años y Matusalén con 969 años (de ahí lo de “más viejo que Matusalén”). También según el Génesis, ante la conducta pecaminosa del humano, Dios se enfadó y redujo drásticamente la longevidad al humano… Dejando a un lado interpretaciones teológicas de la edad, el artículo intenta presentar factores genéticos como biomarcadores de longevidad.
El estudio consistía de dos conjuntos: un conjunto de asociación del genoma completo (GWAS) asociado a la longevidad, mientras que el otro conjunto contenía genes relacionados a muerte prematura. Al solapar los dos conjuntos llegaron a la conclusión que el gen APOE era el principal marcador propuesto para la longevidad.

El gen APOE se sitúa en el cromosoma 19 y codifica la apolipoproteína E (Apo-E). Sus funciones están relacionadas principalmente con el transporte y distribución de los lípidos entre los tejidos, el metabolismo del colesterol y, en menor medida se ha evidenciado su rol en la regulación de la respuesta inmune. Variantes patogénicas de este gen están involucradas en hiperlipidemia, aterosclerosis, enfermedad cardiovascular y la enfermedad de Alzheimer. Dado la amplia distribución, la alta frecuencia a nivel global de sus polimorfismos, así como los fenotipos asociados a dichas variantes, podemos concluir que efectivamente el gen APOE juega un rol en la longevidad.
Una vez determinada la relación entre gen APOE y la longevidad humana, el siguiente paso será investigar cuán relevante es su rol frente a otros factores. Es ahí donde todo se vuelve más complejo. Si bien cometeríamos un error restando importancia a la función biológica del gen APOE, el error será aún mayor si interpretáramos el artículo de forma reduccionista, situando al gen como el factor determinante de la longevidad y salud en general.
Los genes representan una variable más de las miles que conforman la matriz multidimensional de la salud. El exposoma y las complejas interacciones entre las esferas bio-psico-socio-espiritual, con sus múltiples mensajeros celulares, finalmente modularán, activarán o silenciarán la expresión de dichos genes (y sus variantes), inclinando la balanza a un estado de salud o de enfermedad dependiendo del contexto. El texto avanza detallando otros determinantes de la longevidad, como puede ser el rol de familias de kinasas (MAPKs), de macrófagos y del micro-ARN (miRNA). Particularmente interesante es la inflamación crónica de bajo grado y su relación en la senescencia (“inflammaging“). Cada uno de estos factores pueden actuar de manera individual, pero es más común encontrarlos en combinación y generando “sinergia”, lo que nos obliga como profesionales sanitarios a tener una visión holística de la salud.
Retomo la idea con la que comencé el artículo sobre la lucha estéril de muchos por la eterna juventud y longevidad a cualquier precio. Debemos aceptar el envejecer (y en última instancia, morir) como parte indivisible de la vida. A partir de la tercera década de vida comienza un gradual pero constante proceso de envejecimiento. Envejecemos en cada división celular, en cada respiración y cada latido que da nuestro corazón. Los telómeros se acortan, la síntesis de colágeno y elastina disminuye. También disminuye la agudeza visual, las hormonas sexuales, la masa muscular y la densidad ósea. Un proceso que se evidencia, en mayor o menor medida, cuando revisamos fotos de 10, 20 o 30 años atrás.
Pero no debemos entender el proceso de envejecimiento como algo negativo. Para empezar, nuestro organismo tiene una reserva funcional y la redundancia suficiente para llevar una vida plena por muchos años, si nos cuidamos. Hacerse mayor es también hacerse más sabio, tener más experiencia, potenciar la resiliencia, quitarse expectativas y disfrutar más del presente. Representa una etapa fantástica de nuestro peregrinaje por este mundo.
Aceptar este momento vital no significa, ni mucho menos, resignarse ni perder los valores preventivos. Al contrario, la aceptación es el punto de partida hacia la salutogenesis, potenciando nuestro estado de bienestar. Tendremos herramientas para prevenir, detectar y actuar tempranamente sobre aquellos factores y procesos que no forman parte de un envejecimiento saludable.
Hay que abordar la vida priorizando lo cualitativo a lo cuantitativo. La longevidad sin calidad de vida no tiene sentido. Cuando merma la esfera biológica, son las esferas psicológicas, sociales y espirituales las que deben promoverse como mecanismo compensatorio para mantener el equilibrio. Soy muy crítico con ciertas prácticas que generan un “encarnizamiento terapéutico” en procesos irreversibles. Una práctica y poco ética que antepone longevidad a la dignidad de la persona.
La lectura de un artículo que abordaba la longevidad desde la bioquímica y biología molecular me llevó a escribir esta reflexión sobre el envejecimiento saludable, que espero inspire tanto a profesionales de salud como a individuos. A los profesionales de la salud para mantenerse actualizado y emplear los últimos avances científicos, siempre priorizando la dignidad y el bienestar del paciente. A la lectora o lector, espero que te sirva para aceptar y abrazar la vida con plenitud en cualquiera de sus etapas y momentos porque, como diría John Lennon, la vida es aquello que pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes.
